Esta semana he sido testigo de una de las historias de amor más verdaderas que podrían existir. Llevan queriéndose desde los 18 años, esto no suena a tanto si no digo que ahora tienen 82 años. Toda una vida juntos, superando cada golpe que les daba la vida. Fueron parte de los miles de españoles que fueron a Alemania en busca de trabajo y después de muchos años trabajados volvieron aquí a jubilarse, a seguir disfrutando de la vida juntos, con su amor, con sus ganas de vivir. Cuando volvieron las cosas fueron más difíciles de lo que creían, ella cayó enferma y tuvieron que ingresarla varias veces en el hospital pero él no se separó ni un segundo de su lado. Creo que ni comía apenas, no quería dejarla sola, decía que no podía abandonarla ni 20 minutos que quería estar todo el tiempo que les quedaba juntos. Aunque fuera en un sillón incómodo de hospital, que él estaría a su lado. Él lloraba cada vez que ella dormía, me decía que no podía soportar el dolor que le producía verla a ella ahí, que estaba perdiendo la cabeza poco a poco. Maldito Alzheimer... Me admitía que no sabría vivir sin ella, que no podría imaginarse la vida sin ella que el día que ella se fuera para siempre él se iría con ella.
Han pasado los días y él siempre estaba ahí, a su lado, dándole la mano como cada día, apenas bajaba cinco minutos a tomarse un café y volvía corriendo porque en ese pequeño periodo de tiempo ella ya preguntaba por él. Decía que tardaba mucho en volver, que le necesitaba a su lado...
Me dejan sin palabras al ver una historia tan verdadera, tanto amor, la fuerza que sacaba él para estar ahí cada día, para llorar sólo cuando ella no lo veía, por hacerla sonreír el resto del día, por cuidarla de una manera inmejorable... Sólo se tienen el uno al otro, no tuvieron hijos ni les queda más familia, tan sólo se tienen el uno al otro y no necesitan nada más.
Con esto no me quedan dudas de que las historias más verdaderas de amor se ven en los hospitales, he visto parejas que no se han movido de las habitaciones en todo el día y en ningún momento se han quejado porque simplemente era donde querían estar. He visto llorar a más familiares que a pacientes pero nunca han dejado que los pacientes los vieran mal.
Mi mayor admiración a cada persona que se pasa las 24 h del día sentada en un sillón de hospital esperando un resultado medico, con esperanza, con una fuerza sobrehumana que hacen que nunca se sienta sólo el que está enfermo.
Debe dar miedo llegar a querer tanto a una persona que llegues a pensar que no podrías vivir sin ella.
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