sábado, 27 de junio de 2015

Amar el camino, aprender de cada error, vivir la vida en definitiva.

Fases, etapas. Sin darnos casi cuenta hemos finalizado la etapa de universitarias y parece que fue ayer cuando iba en un coche llorando porque sabía que quería irme pero tenía miedo. Miedo a lo nuevo, a la soledad, a comenzar un nuevo camino sola, dejando atrás personas que sabía que no seguirían en mi vida. Y fue así, dejé atrás personas, momentos que sabía que no cabían en el futuro que me deparaba. Sobre todo la dejé atrás a ella, se había acabado el tiempo de seguir en  un sinsentido, se acababan las horas metidas en un bar sólo por regalarle una sonrisa, ya había perdido sentido todo eso, me iba, era el momento de dejarte ir, era el momento de aprender a sonreír sin ti.

Comencé un nuevo camino, recuerdo el primer día de la universidad que me junté con dos compañeras que sólo hablaban valenciano y pensé "donde me he metido".

Recuerdo todos los miedos que me invadían, todas las dudas que tenía en mi primer día de prácticas hospitalarias, llegué media hora antes a la planta de cardiología, me temblaban hasta las pestañas. Recuerdo a la primera habitación que entré a algo tan simple como tomar la tensión, pero sabía que ese era el comienzo de la verdadera enfermería,  en la que entras en una habitación sin saber qué te encontrarás dentro, pero ahí vas con tu pijama blanco y tu sonrisa. Siempre salía de esas primeras prácticas sonriendo y llamaba a mi madre para contarle todo lo nuevo que había aprendido esa tarde. Ese fue el comienzo de todo lo que aún nos depara al elegir la carrera más bonita de todas, todo lo que siempre queda por aprender. Me quedo con cada paciente, cada gracias, cada sonrisa, cada abrazo... Aún siendo simples alumnas de prácticas, conseguimos hacer más amena la estancia a muchas personas y eso no hay dinero que lo pague.

También el camino es más fácil cuando tienes compañeras con quién compartir momentos de tensión, de agobio, de sentirte menos perdida en una ciudad con mi pésima orientación.
He de admitir que de Valencia me llevo muchísimas cosas, pero sobre todo aprendizaje. Aprendí que las cosas no vienen solas, que quedándote en casa no llega nada, que las cosas se deben de buscar, como las personas. Conocí a personas que se convirtieron en ese algo especial que tiene Valencia, tanto en un cruce de miradas en un gimnasio como en un bar. Me quedo con ellas. Con las que aún siguen ahí y a las que no también daros las gracias. Por haber formado parte del camino, tanto por lo bueno como por lo malo.


Gracias a cada persona que siempre me esperó a 600km con los brazos abiertos y a las que ahora me esperan a esos 600km pero a la inversa.

Gracias por tanto, por hacerme creer en los imposibles, por hacerme realmente feliz, siempre será un placer volver, siempre será un placer volveros a abrazar, os quiero.